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Por: Cecilia Portella Morote

 

Entre recuerdo y recuerdo, no cuesta casi nada evocar los de aquel día, el primero que amanecía soleado en ese pueblecito de la provincia de León. Gordaliza del Pino, cuyo nombre no sé si describe árboles, personas o algún inexplicable vocablo lugareño.

Aquella mañana era particular, me tocaba partir de los escasos días en los que el sabor de un pueblo, más parecido a los pueblos rurales de mi país, el Perú; me había conquistado, a su modo.

El Prieto Picudo de la noche anterior, y el de la tarde a la hora del almuerzo, y las copas oportunas de una noche de tapas, ya casi formaban parte de mi recuerdo.

No quiero ejercitar mi mente, porque no es en la mente donde se guardan este tipo de sensaciones y experiencias. Mis sueños de un ayer lejano ya me lo habían anunciado una y muchas veces. Claro que sabía que pronto sucedería. No sabía el nombre, ni la compañía; mucho menos, aquellos detalles que de ornamento servirían. Lo cierto es que un cielo azul con intensas nubes blancas, cargadas de nostalgia serían los primeros observadores de la pequeñez de mi ser.

Si algo llamó mi atención de esta escena tantas veces ansiada, fue que pude cumplir mi deseo de estar en un pueblo pequeño, con todas aquellas características que lo hacen inolvidable, rural, pequeño, en donde las pocas personas que lo habitan se conocen desde que nacieron y probablemente, se acompañarán hasta sus últimos días. Un pueblo típico leonés, muy parecido a los de la sierra peruana, con ese frío que cala bajo la sombra, con esos vientos helados que, zumbando en la cercanía parecen limpiar los rezagos de la modorra a inicios del día. Un poblado de techos a dos aguas, que aguantan nieves, fríos y lluvias copiosas, todo habla de sierra y ruralidad, los grandes campos sembrados anuncian la llegada de girasoles, de maíz y trigo. Todo cuanto describe Gordaliza del Pino, me sabe a armonía y, sin temor a equivocarme, perfeccionan estas características, que su suelo, no sabe de alturas, precipicios y altas montañas, apenas supera los 800 metros de altitud, todo el llano marca la línea del horizonte a través de las miradas de sus habitantes y la admiración de sus visitantes.

Qué buen pretexto para escribir sobre este pueblo y escapar de la inicial motivación de esta  crónica que sabe a gratitud genuina.

Volvamos a esa mañana que ya se hizo mediodía, la iglesia del pueblo, el lugar donde domingo a domingo el encuentro con Dios se proyecta a través del saludo con los vecinos que, en su mayoría, pasan los 60 años de edad, tenía reservado algo mucho mejor…

Jorge y Carmen, reconocer los nombres de mis padres, durante la celebración de una eucaristía especial, movió todas mis fibras. Agradecí y simplemente agradecí, no había otra forma de devolver la gracia, previamente pactada.

Minutos antes, mientras sonaban los acordes de cantos litúrgicos, algunos conocidos y guardados en el olvido de mi mente; sabía que sucedería, que sus nombres estarían reservados en el momento oportuno de pedir por los que abandonaron este camino, en pos del celestial. Sin embargo, escuchar como canto en mis oídos, las sílabas de esos nombres que me acompañaron a diario, más de 4 décadas de mi existencia, y ahora en aquel pueblo lejano, desconocido, pero en el que ya no me sentía extraña, me hizo profundizar, en un enorme acto de agradecimiento, por la oportunidad de estar allí.

Gordaliza del Pino tiene mucho más por ofrecer, por ahora es también parte de León, la actual Capital Española de la Gastronomía, nominada durante todo el 2018, y de lo que hablaremos en próxima oportunidad. Este lugar también atrae a extraños, por constituirse en uno de los escenarios que ofrecen albergues para los peregrinos que atraviesan el antiguo y glorioso Camino a Santiago, cerca de Sahagún y otras tantas comarcas que prometo visitar…

 

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